El pasado domingo 19 de octubre un grupo organizado perpetró un robo de película en el museo del Louvre en París. Como ya sabréis, pasadas las nueve de la mañana, los ladrones entraron en la Galería de Apolo con la ayuda de un camión con elevador parecido al de las mudanzas. En una acción muy estudiada se llevaron nueve joyas de incalculable valor, aunque una de ellas, la corona de la emperatriz Eugenia de Montijo, la perdieron en su huida y resultó dañada.
Al parecer los sistemas de seguridad del museo funcionaron correctamente. Las alarmas se dispararon al detectar la incursión y la policía llegó al sitio del robo tres minutos después de recibir el aviso. De todos modos, es cierto también que diversas auditorías realizadas en los últimos años hicieron recomendaciones en seguridad al museo que en el momento del robo todavía no se habían implementado. Esto se debe en parte a las dificultades que conllevan estos cambios en espacios públicos y con contratos ligados a licitación. Lo que es evidente es que los ladrones fueron más rápidos.
La policía está investigando todo lo sucedido y, en la fecha en que escribimos esta entrada, el gobierno francés ha puesto un valor a las piezas desaparecidas (aproximadamente 80 millones de euros). Todos los expertos asumen que el valor real de lo sustraído es, al menos, diez veces mayor que esa cifra si es que se le puede poner un precio. Por tanto, todo apunta a que en el Eliseo pretenden dar un mensaje de cuanto estarían dispuestos a pagar si las piezas aparecieran, como un intento entre otros muchos de recuperar lo robado.
Del todo fascinante… pero, ¿por qué nos cautivan tanto los robos de arte? Parece ser que hay tres factores principales:
El primero es que al ladrón de arte le presuponemos en nuestra mente, además de conocimientos técnicos y mucha disciplina, una sensibilidad estética que le hace valorar aquello que roba.
En segundo lugar, el robo de piezas únicas las democratiza automáticamente, transformándolas en tema de conversación popular. ¿Quién sabía hasta hace pocos días de la existencia de la corona de la emperadora Eugenia? ¿O los 1.354 diamantes de que constaba la pieza?
Y para terminar, el robo de obras de arte asaltando grandes museos provoca en la sociedad una sensación de transgresión ante las normas. Una victoria del individuo astuto contra el ente frío e impersonal de la institución. Este sentimiento todavía se refuerza más cuando, cómo en muchos casos, no se emplea la violencia física ni hay víctimas personales en los robos.
Sea como fuere, los robos de arte son una realidad que inspira films y novelas. El caso del Louvre es el último gran caso, pero no es este el único caso de robos "de película". Hoy os queremos traer algunos ejemplos de otras situaciones parecidas:
Ya en 1911 y en el mismo museo del Louvre tuvo lugar un robo hoy en día impensable. El de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. En este caso, Vincenzo Peruggia aprovechó un despiste para meterse el cuadro bajo el abrigo. Se escondió en el museo, donde pasó la noche, y salió por la puerta al día siguiente con la obra bajo el brazo. Fue capturado dos años después cuando intentaba vender la pieza a un anticuario en Florencia. Curiosamente en esa época La Joconde, como se la conoce en Francia, no era una obra tan famosa como podría ser hoy. De hecho, la repercusión internacional del suceso se cree que es uno de los motivos que le dio notoriedad popular a la pintura.
El 18 de marzo de 1990 dos hombres vestidos de policías entraron en el museo Isabella Stewart Gardner de Boston. Amordazaron al vigilante y, en el transcurso de 81 minutos, se llevaron 13 obras valoradas en más de 500 millones de dólares. Entre las piezas perdidas encontramos tres valiosos Rembrandts y un raro Vermeer. Como en muchos robos, las obras son retiradas de sus marcos para poder manipularlas mejor.
El museo decidió en su día dejar los marcos vacíos colgados allí donde las obras se encontraban. Los motivos para esta decisión son, según responsables de la institución, mostrar el deseo de recuperar las obras y poder volverlas a exhibir y también hacer evidente el vacío y la gran perdida de patrimonio que tiene lugar cuando una obra de arte desaparece y el mundo no la puede disfrutar. Pese a las investigaciones policiales y del FBI, ninguna de ellas ha sido recuperada a día de hoy. Entre los sospechosos se llegaron a barajar hampones de la mafia o simpatizantes irlandeses del IRA en busca de financiación. A día de hoy, nada está claro.
Mucho más cerca tenemos el caso de Erik el Belga. René Alphonse van den Berghe se dedicó al robo y a la compra fraudulenta de obras de arte. Aprovechaba la escasa protección y vigilancia de muchas obras de arte sacro en zonas despobladas o rurales del interior de Castilla y León, Aragón, La Rioja… En ocasiones encargaba los robas a otras personas para no directamente involucrado. Incluso llego a comprar piezas directamente a obispos y sacerdotes, como Abilio del Campo y de la Bárcena. Este obispo vendió la mayor parte de arte sacro de la Catedral de Santa María de Calahorra. En 1981 protagonizó un robo espectacular en el Museo Romántico Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú. Este museo se nutría de las colecciones privadas del político, escritor y coleccionista Victor Balaguer. Entre las piezas más valoradas del museo se encontraba La Anunciación de el Greco. La obra llegó en depósito desde la primera pinacoteca del país, el Prado, en 1883.
Aunque el Belga pasó de largo de esta obra, el Prado decidió, después del robo, recuperar la obra por “razones de seguridad”. Un año más tarde el ladrón fue capturado y estuvo encerrado en la cárcel de la Modelo en Barcelona. Un pacto con las autoridades permitió recuperar más de 1.500 obras y le valieron una reducción de la condena. Antes de morir, Erik el Belga publicó sus memorias bajo el curioso título de “Por Amor al Arte”.
La aparatosidad y la sorpresa de estos robos a veces eclipsa otras substracciones muy relevantes. Y es que muchas veces los robos a museos son más discretos, y mucho más difíciles de detectar. Se trata de robos que se cometen en los almacenes de las instituciones. La media de las piezas no expuestas de los museos de arte se calcula alrededor del 80% del total de piezas en propiedad. Es por ello que muchas veces se pueden generar exposiciones temporales gracias a las inmensas colecciones almacenadas en las arcas de los museos de arte. Estos almacenes pueden, en ocasiones, no estar bien vigilados o inventariados. Puede haber errores de clasificación, pérdidas, duplicados de información…
Y fue en los almacenes y archivos del museo Hermitage en San Petersburgo, la pinacoteca más famosa de Rusia, donde en 1999 tuvo lugar un gran robo. Iconos, joyas y esmaltes de los siglos XVII, XVIII y XIX hasta un total de 226 piezas con un valor de más de medio millón de dólares. Los artífices fueron Nikolai Zavadzki y su esposa Larisa, quien trabajaba como funcionaria en el museo. Debido a tratarse a obras no expuestas, el robo no se descubrió hasta seis años más tarde, en el transcurso de un inventario general. El autor fue capturado y condenado a cinco años de prisión y al pago de una cuantiosa multa.
Esto nos abre los casos en que se trata de un trabajo desde dentro. Así se llama a los robos que tienen como perpetradores a personas que tienen fácil acceso a la institución, ya sea porque trabajan en ella o por otros motivos. Un caso muy conocido que se dio en nuestro país, concretamente en la catedral de Santiago de Compostela fue el robo, en 2011, del Códice Calixtino. Un espectacular manuscrito del siglo XII que se considera de los documentos más relevantes de la cristiandad en relación con el camino de peregrinaje a Santiago. Incluye además las primeras anotaciones de música polifónica de Europa así como un apartado que servía de guía al peregrino durante el viaje.
Pues bien, finalmente se descubrió que el autor del robo no fue otro que Manuel Fernández Castiñeiras, un electricista, ex-trabajador de la catedral. El inspector jefe de la brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional, Antonio Tenorio, sospechaba de esta persona, pero no tenía pruebas claras. Se dedicó a tener charlas con él para ver si caía en un renuncio, y así fue. En una de estas charlas el inspector pregunto: “¿No lo habrán quemado, verdad Manolo?” , a lo que el sospechoso contestó al momento y sin pensar “¡No lo quemé!… Quemaron…” El códice fue recuperado en el garaje de su casa, envuelto en un saco de pienso. Preguntado por el motivo del robo, el acusado confesó que era un acto de venganza por haber sido despedido tras más de 25 años al servicio del cabildo.
Podríamos seguir enumerando robos que nos han dejado patidifusos. Asaltos a lugares impensables, jugadas de enorme arrogancia y pérdidas irreparables paréale mundo del arte, pero sintiéndolo mucho tenemos que cerrar ya la persiana por hoy y marcharnos a casa… Pero antes, ¡pondremos la alarma!