Se acercan fechas de celebraciones familiares. Días en los que nos reunimos alrededor de una mesa para compartir, recordar, soñar… y también comer y beber, claro. Entre la Nochebuena, el día de Navidad, Sant Esteve, la Nochevieja… sobran las oportunidades para disfrutar de mesas navideñas clásicas, originales, desenfadadas o más protocolarias, etc. Hoy donde la tía, mañana ponemos nosotros la casa… y así pasamos las fiestas.
En Bonanova Subastas aprovechamos siempre esta ocasión para montar una subasta especial de Mesas de Navidad y de paso invitar a nuestras amistades a venir a visitar la sala y disfrutar de montajes navideños de impresión.
Así que hoy hemos pensado en mirar un poco más allá y fijarnos en la historia y evolución detrás de estas mesas y de todos sus componentes. ¿Sabíais por ejemplo que los primeros manteles se utilizaron en el antiguo Egipto, eran de lino y de tamaño reducido, más similar a lo que sería hoy en día las servilletas? ¿O porqué los cuchillos tienen la punta redondeada? Pues vamos a descubrirlo…
Empezaremos por la base, o en este caso, la mesa:
Se cree que las primeras mesas tuvieron su origen en Mesopotamia. Eran en esa época de bloques macizos de piedra que se usaban para poder trabajar a una altura más cómoda. A lo largo de los siglos la estructura de las mesas fue cambiando. En Egipto ya podemos apreciar la aparición de las patas en mesas muy elaboradas y usadas principalmente para actos ceremoniales.
Durante el Imperio Romano los bloques en que se sustentaban las tablas de las mesas solían estar muy trabajados con imágenes mitológicas con referencias por ejemplo a figuras cómo Dioniso. Con el paso del tiempo las mesas han supuesto un elemento de estatus de quien las posee. Así, ya en la Edad Media podemos encontrar tallas y tapizados en algunas piezas. Las figuras principales tenían mesas más altas y con faldones y el resto de los invitados se sentaban en tablas con caballetes y banquetas. A partir de aquí en el Renacimiento este elemento se ha ido volviendo cada vez más elaborado y refinado, incorporando superficies de piedra o mármol, módulos extensibles, etc.
Y sobre la mesa, el mantel:
Ya hemos indicado que los inicios del mantel se remontan al Egipto de los faraones. Su uso pasó a la Roma imperial donde además se incorporó la figura de la mappa. Se trataba de un paño más pequeño, de uso individual y que era de propiedad de cada comensal. Así en ocasiones se podía usar como hatillo para llevarse a casa las sobras del banquete. Vamos, un take-away de manual.
La alta Edad Media fue una época oscura. Durante este periodo la figura de la mantelería desaparece y no es hasta la Baja Edad Media que vuelven a usarse piezas de tela para limpiarse las manos, pues al no existir todavía los tenedores, se comía con los dedos.
En la época barroca los elementos del mantel y la servilleta se sofistican y aparecen piezas bordadas con escudos de armas y otros elementos decorativos. Su uso se extiende y se convierte en símbolo de posición social. De esta aportación de valor se deriva también el arte del pliegue de servilletas. Múltiples tratados del siglo XVII recogen con esquemas, dibujos por pasos y mucho detalle las más variadas técnicas decorativas vinculadas a este elemento de la mesa.
Con la llegada de la revolución industrial y las mejoras en los trabajos textiles el uso de las servilletas se democratizó llegando a todos los hogares. En la actualidad su uso se vuelve cada vez más vinculado a momentos de fiesta, ya que el uso masivo de las servilletas de papel en la cultura del usar y tirar está desplazando a los elementos textiles de las mesas de muchos hogares.
Y sobre el mantel, la vajilla:
La etimología de la palabra proviene del latín vascella, que es el plural de vascellum y significa “vaso pequeño. Este término se refiere al conjunto de objetos empleados para el servicio de la mesa, como platos y fuentes.
Los primeros registros de un utensilio para sostener la comida hablan del uso de pan seco. Avanzando en el tiempo empezamos a encontrar platos de barro cocido o madera en la Edad Media, mientras en la China imperial el uso de la porcelana estaba instaurado ya desde el siglo VI. Fue la ausencia de contacto entre las culturas lo que hizo que se tardara tanto en hacer llegar la porcelana a occidente. Los ingleses, a través de la Compañía de las Indias empezaron a importar y comercializar porcelana en Europa, a precios muy elevados. Esto cambió a finales del siglo XVII cuando en Sajonia el barón Schnorr descubrió el primer yacimiento europeo de caolín, mineral imprescindible junto al feldespato para la elaboración de las piezas. Este hallazgo abarató y, con el paso de los años, democratizó en el s. XIX y XX el empleo de la porcelana en las mesas europeas.
Pero no vamos a comer con las manos, ¿no?
Utilizar cubiertos es una cosa, y utilizarlos bien es otra muy distinta. Sabemos que se usan de fuera hacia dentro conforme avanza la comida, pero… El número de cubiertos distintos y enfocados cada uno a un uso concreto en una mesa puede llegar a más de 30, teniendo así por ejemplo cucharas para la salsa, la sopa, los vegetales, la crema, el postre, el café o el té. Así que, por variedad no va a ser.
Pero ¿qué fue primero? ¿El tenedor o la cuchara? Las cucharas de hueso o madera se usaban ya en el neolítico. Le sigue el cuchillo, un invento que se les atribuye a los egipcios en el 2.600 A.C. y mucho después, hacia la mitad del siglo XV, aparece el tenedor. ¿Sabías porque el cuchillo de mesa tiene la punta redondeada? Aunque se ha dicho en ocasiones que se hizo para evitar que se usara como arma, la explicación que más adeptos tiene entre los historiadores atribuye el cambio al cardenal Armand Jean du Plessis Richelieu (1585-1642) de la corte del rey Luis XIII. Parece ser que este no soportaba ver cómo los comensales usaban la punta de los cuchillos como mondadientes o para manicura, y ordenó al servicio que los redondeara para evitar así esta conducta que tanto detestaba. Dada la notoriedad del personaje y de sus banquetes, el resto de Europa no tardó en adoptar esta costumbre que ha llegado hasta la actualidad.
La comida está servida, pero… ¿y la bebida?
En la antigüedad se utilizaban objetos ahuecados cómo cáscaras de fruta o madera para beber. Con la llegada del barro cocido se confeccionaron distintos recipientes. Algunas copas de arcilla cocida de la edad de Bronce se han descubierto como parte de los ajuares funerarios de la época. Gracias al vidrio soplado se realizaron piezas muy elaboradas, aunque también de extrema fragilidad. Ya en el Renacimiento, con nuevas técnicas y materiales, el cristal le fue ganando terreno al vidrio y se llegaron a obtener piezas de mucha espectacularidad gracias a la mayor maleabilidad del material.
El uso del cristal para tomar vino hace que la experiencia sensorial sea mucho mejor. El menor grosor del material permite una mejor refracción de la luz y mejora la apreciación del color de la bebida. Además, la composición del cristal, más porosa, permite que el vino de “adhiera” al interior de la copa y libere más aromas, de forma más sostenida. Por otra parte, al tratarse de un material más ligero, la experiencia de degustación es más amable, y el sonido del brindis, mucho más armonioso.
Pero ¡Alto! ¡Un momento! Las copas en un brindis, ¿deben o no deben tocarse? Pues, según manda el ritual, las copas sólo deben acercarse, pero sin tocarse, para evitar que se derrame la bebida o, peor aún, que se rompa alguna pieza. Además, no se dice nada en el momento de brindar, o como mucho, “¡Salud!” Tampoco hay que perder la verticalidad postural ni levantar la copa más allá de nuestra línea de visión…
Así que, estas navidades, cuando estemos haciendo equilibrios sobre la mesa por encima de los turrones, dando golpes a la copa con una cucharilla mientras intentamos brindar con nuestra prima segunda del pueblo al grito pelado de “Chin-Chin”, dediquemos un momento a pensar en la sentida y a veces incomprendida labor de los expertos en protocolo. ¡Y brindemos también por ellos!